En ciencia, también “¡el pueblo quiere saber de qué se trata!”

Fes-liNumero4 (2)A pesar de los crecientes cuestionamientos que día a día recibe, la ciencia sigue manteniendo buena salud para la gran mayoría de la sociedad, al menos, cuando la cuestión es planteada en términos generales. Sin embargo, y especialmente desde la Segunda Guerra Mundial, algunos ciudadanos han ido progresivamente evaluando de manera más crítica las potenciales consecuencias de los usos del conocimiento científico.

Es cierto que una amplia mayoría sigue sosteniendo que la posibilidad de innovación que brindan la ciencia y la tecnología se traduce en progreso, abundancia y una mejora en la calidad de vida. Pero no menos cierto es que una importante proporción asocia a la ciencia y la tecnología con la posibilidad de alterar los ciclos básicos de la naturaleza y remarca la necesidad de orientaciones éticas con las que hacer frente a las realidades artificiales que la tecnociencia ha hecho posible.

Más aún, esta polarización de las ideas y actitudes acerca de la ciencia y la tecnología incluso se traduce en un sentimiento de ambivalencia en nuestro propio interior. De algún modo, nos sentimos “simultáneamente complacidos por los años adicionales de esperanza de vida y aterrorizados por la bomba atómica”.

Así, si bien esta creciente percepción de los aspectos negativos que plantea el desarrollo de la tecnociencia actual se ha vuelto particularmente evidente entre grupos sensibilizados como el movimiento ecologista, los grupos antiglobalización o los grupos pacifistas, también empieza a extenderse en la sociedad en su conjunto.

¿Qué hacer con el desarrollo de la energía nuclear, los organismos genéticamente modificados o la investigación con células madre? Es claro que el uso de los resultados de la investigación plantea dilemas que ponen en entredicho las bondades de la tecnociencia actual. Por ejemplo, la modificación genética de plantas se enfrenta a las críticas en lo que hace referencia a la seguridad de los alimentos y a su desigual distribución; el desarrollo de tecnologías de la información y de la comunicación se enfrenta al respeto por la privacidad; los medios de transporte y su demanda energética se contraponen a la conservación del medio ambiente, etc.

 “No se puede amar lo que no se conoce”

 En un punto, parecería que cuanto más avanza la ciencia, la sociedad más se resiste. De hecho, para muchos científicos y responsables de política científica, la movilización del público contra algunas de estas cuestiones se basa en una resistencia a los avances de la ciencia y la innovación tecnológica. De acuerdo a esta interpretación, la principal causa de las posturas escépticas y hostiles hacia la ciencia sería un conocimiento insuficiente de los avances científicos por parte del público.

 Sin embargo, en los últimos años han aparecido diversos estudios que indicarían que la falta de información no es la única causa de las actitudes públicas críticas hacia ciertas áreas de investigación e innovación. También continúa en discusión si existe una relación clara entre el grado de exposición a la información científica difundida por los medios de comunicación, el nivel de conocimiento y las actitudes favorables hacia la investigación y sus aplicaciones.

En cambio, existe evidencia que indicaría que la hostilidad hacia determinadas líneas de investigación y aplicaciones tecnológicas estaría vinculada a un escepticismo general hacia el modo de interacción entre pericia científica, toma de decisiones y representación política de los ciudadanos. Por otra parte, existen numerosos casos en los que el activismo de la ciudadanía se da en apoyo de la tecnociencia y no solamente para articular críticas u obstaculizar su avance.

 Por ejemplo, la contribución de la ciudadanía ha sido crucial en el desarrollo de recursos para la investigación del cáncer y el Sida. Asimismo, la realización de teletones o telemaratones puede ser fundamental para fomentar y promover investigaciones científicas de enfermedades que, de otra manera, no se hubieran hecho. Tal es el caso del programa televisivo La Marató de TV3, que tiene como objetivos la recaudación de fondos para investigación y la sensibilización social sobre las enfermedades que, por ahora, no tienen curación definitiva.

 ¿Por qué lo que piensa la gente acerca de la ciencia comienza a interesar a los políticos?

Sean cuales fueren sus causas, lo cierto es que quienes toman decisiones en las sociedades democráticas son cada vez más conscientes de que deben ser capaces de captar qué es lo que la sociedad piensa y espera del desarrollo de la ciencia y la tecnología. Es por eso que, tanto la comunidad científica como los organismos de ciencia y tecnología, han empezado a financiar estudios para conocer la percepción social de la ciencia y poder diseñar así políticas públicas que favorezcan el apoyo al desarrollo científico por parte de la sociedad.

En sus inicios a principios de los años 70, tuvieron por objetivo devolver a la ciencia la confianza de la sociedad, perdida como consecuencia del desarrollo de ciertas tecnologías, como la nuclear, o los químicos para la agricultura, más algunos fenómenos globales como la crisis energética o la incipiente conciencia acerca del cambio climático. En cambio, en la actualidad, estos estudios adquirieron un nuevo valor estratégico: el objetivo de contribuir a promover la participación social con la esperanza de democratizar la ciencia y la tecnología.

Por eso, no solamente las políticas públicas en este campo hoy apuntan a aumentar el grado de conocimiento científico de la ciudadanía, como si aumentándolo automáticamente fuera posible incrementar el grado de apoyo a la actividad científica. De alguna manera, también se asume que las actitudes, expectativas y temores que tienen los habitantes de los países con respecto a la ciencia son fundamentales en el diseño de políticas científicas. Así, en los últimos años, distintas instituciones y organizaciones en todo el mundo han promovido iniciativas que favorecen la participación ciudadana en la llamada gobernanza de la investigación científica.

Se ha favorecido la gobernanza a través de, por ejemplo, las conferencias de consenso, el jurado de los ciudadanos, las consultas nacionales y regionales, los foros electrónicos, los programas prospectivos participativos, los foros locales y regionales sobre ciencia y sociedad, y los science shops o tiendas científicas.

Estos y otros ejemplos han sido tomados por algunos académicos para postular la emergencia de nuevos patrones de interacción entre ciencia y sociedad, basados en la idea de coproducción del conocimiento científico. De acuerdo con esta idea, el conocimiento no se produciría en contextos separados sino a través de procesos comunes realizados en ‘foros híbridos’ en los que los expertos y los no expertos interactúan activamente.

Parece que la fiesta terminó

En palabras de Shirley Williams, parece que «la fiesta ha terminado para los científicos». En un artículo que publicó hace más de 30 años en la revista The Times, esta política británica de renombre pronosticaba el fin de las clásicas políticas científicas de laissez-faire en las que la financiación incondicional de la ciencia se basaba en el optimismo sobre sus potencialidades como proveedora de bienestar y progreso. Como consecuencia de la acumulación de catástrofes relacionadas con la aplicación de la ciencia y la tecnología y el desarrollo de movimientos sociales críticos, se produce una crisis de confianza tal que las políticas públicas sobre ciencia y tecnología se abren a la intervención activa de los gobiernos y el atento escrutinio de otros agentes sociales.

Así, como expresa, por ejemplo, un informe del grupo de trabajo creado por la Comisión Europea para establecer el significado de la participación y el diálogo entre los diferentes actores sociales y la comunidad científica: «Los procesos de innovación exitosos requerirán no solamente la cooperación entre academia y empresa, sino también la activa participación de la sociedad. Esto no solo moldeará la innovación actual sino que también servirá para identificar necesidades futuras» (EURAB, 2007).

En un determinado momento de la historia, se hizo evidente que la implicación del sector productivo era indispensable para el avance de la ciencia y la tecnología. En este momento, estamos asistiendo a otro fenómeno: parece que la implicación de distintos actores sociales, hasta ahora excluidos de las decisiones científico-técnicas, será crucial para el desarrollo de la ciencia y la tecnología en años venideros. La resolución de los dilemas éticos que resultan del desarrollo científico-tecnológico, sin duda, necesitará de nuevos enfoques. Y en este proceso, el papel de la comunicación científica será crucial para poder establecer responsabilidades compartidas y valoraciones consensuadas en las que intervenga el conjunto de toda la sociedad.

 

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